Sucedió el 1º de febrero de 1970 y fue la principal tragedia ferroviaria en el país. Un tren que había salido de Zárate se quedó parado y otro que venía de Tucumán, cuyos maquinistas creían que la vía estaba libre, lo estrelló a toda velocidad.
Por Marcelo Metayer, de la Agencia DIB
Ese domingo hizo mucho calor. A las ocho el Sol recién se había ocultado en el horizonte y el aire pegajoso vaticinaba tormenta. A esa hora los casi 1.100 pasajeros que viajaban apretados en el tren 3832 de la línea Mitre, desde Zárate a Retiro, no podían creer su mala suerte: se habían detenido en un punto entre las estaciones Benavídez y General Pacheco, prácticamente en medio de la nada, en ese entonces una zona oscura y alejada de todo. Un desperfecto en la locomotora obligó a la formación del "Zarateño" a quedarse allí, detrás de una curva, donde solo se oía el canto de las chicharras. Pero a los pocos minutos ese sueño pesado de atardecer de verano se convirtió en un infierno, cuando un tren que venía de Tucumán se estrelló contra la formación parada. Eran las ocho y cinco del 1º de febrero de 1970 y el accidente ocurrido en el kilómetro 36 de la vía terminó siendo la peor tragedia ferroviaria de la historia argentina, con un saldo de 236 muertos y más de 400 heridos.
El horror se había desatado por una serie de casualidades y descuidos. El tren 1016, "El Mixto", había salido el 31 de enero de la ciudad de Tucumán con 260 pasajeros en ocho vagones. Además, llevaba dos vagones de transporte de autos. Toda esta formación era tirada por dos locomotoras. Al día siguiente se suponía que tenía que pasar por Zárate a las 18.28, 20 minutos antes de la partida del tren local, pero se había retrasado y llegó después. Cuando "El Mixto" arribó a la estación Benavídez los maquinistas vieron la señal de vía libre (posición vertical) y le dieron plena potencia a las locomotoras. Asumieron que el tren local había sido desviado en una vía auxiliar en la estación General Pacheco. Pero la indicación de paso libre había sido colocada para el "Zarateño" y el personal de la estación, que estaba de mal ánimo porque esa tarde los habían asaltado, se distrajo y no modificó la señal.
Testimonios
Alfredo Amoroso, maquinista del tren que venía de Tucumán, contó más tarde al diario La Prensa: "Desde la estación Benavidez hasta el lugar del hecho habrán transcurrido dos minutos escasos, pues llevaba una velocidad cercana a los 105 kilómetros por hora. Al dejar atrás la curva existente en la zona, alcancé a divisar un tren que se me antojó, enseguida, corría por mi propia vía. Apliqué entonces los frenos unos 350 metros antes del choque, reduciendo de tal manera la velocidad a casi la mitad de la que venía. A pesar de ello el impacto fue terrible".
Mientras que Vito Ceroli, que estaba a cargo de la formación 3832, relató: "Mi tren partió a las 19.48 de la estación Benavidez, es decir, de acuerdo al horario establecido. Demoramos 8 minutos y medio para llegar hasta el lugar donde después se produciría la horrenda tragedia, por haberse cortado la tracción de la máquina. Ante ese inconveniente detuve el convoy en forma suave. Tardamos tres minutos y medio en reparar el desperfecto. Al pretender reanudar la marcha sentí un impacto. En el primer momento presumí que se trataba de un fuerte tirón de la máquina reparada. Nunca pensé que habíamos sido embestidos por otro tren".
Una luz en la curva
Eran las 20.05. Algunos pasajeros del "Zarateño" habían visto asomar una luz a toda velocidad por la curva y empezaron a arrojarse a las vías en medio de gritos de espanto. Las dos locomotoras del tren de Tucumán se incrustaron en los últimos vagones del tren que se encontraba detenido y los despedazaron. El resto del tren local salió eyectado por el impacto, mientras que cuatro vagones del proveniente de Tucumán descarrilaron.
Cuando se produjo el impacto, pobladores de la zona escucharon una tremenda explosión y luego vieron una gran nube de polvo. Entre los testigos estaban unos jóvenes que jugaban al futbol en un campo cercano, y otro grupo de trabajadores de un frigorífico, quienes buscaron la forma de dar aviso o acercarse a ayudar. Algunos de los pasajeros de los trenes accidentados comenzaron a caminar por las vías con sentido a la estación de General Pacheco, hasta que encontraron una casa. Desde allí salieron hacia la comisaría a caballo para avisar a las autoridades.
Noche y día
El escenario era espantoso, lleno de cadáveres y heridos que pedían socorro. Al lugar acudieron bomberos, las fuerzas policiales de Tigre y San Martín, efectivos de Prefectura Naval Argentina y del Ejército.
Enseguida cayó la noche sobre el sitio del accidente y la oscuridad complicó aún más las tareas de rescate. La Policía tuvo que disponer varias usinas generadoras de electricidad para iluminar y tomar real dimensión de lo sucedido.
Frente a la desesperación de gente que intentaba colaborar de forma poco organizada y a veces incluso obstaculizaba las tareas de rescate, y mientras los inescrupulosos de siempre intentaban robar pertenencias de las víctimas, el Ejército tomó control de la zona y declaró la emergencia.
Al llegar la mañana empezó a llover y el lugar se volvió un pantano, lo que dificultaba las tareas. Pero la luz del día mostró la aterradora situación en toda su crudeza: fierros retorcidos, maderas quemadas, personas aún atrapadas y otras fallecidas. Con sopletes y herramientas se cortaban y separaban chapas y hierros que oprimían a los atrapados. En los alrededores se buscaban cuerpos que habían quedado diseminados.
Hacia el mediodía arribaron al lugar autoridades provinciales y nacionales encabezadas por el presidente de facto, el general Juan Carlos Onganía, quien les aseguró a los familiares de las víctimas que el Estado iba a indemnizarlos, lo que jamás sucedió.
Mientras tanto, el martes 3 de febrero se declaró duelo nacional por la tragedia.
Pasaron más de 50 años del hecho, pero los traumas de los sobrevivientes y de los vecinos son imborrables. Como cierre basta este testimonio, recogido por General Pacheco Web, de Roxana Rau, una mujer que en ese momento tenía 7 años: "Tras el estruendo vino la pesadilla, las sirenas de policías, ambulancias, los bomberos, la sirena del cuartel que no paraba de sonar. Hace muchos años que vivo en Bahía Blanca y jamás dejo de perder el sueño si escucho el ulular de una sirena... Esa noche trágica me marcó de por vida". (DIB) MM
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